Villa se va al Atlético


El pasado miércoles, día 3, el Atlético dio por perdido a Negredo. «Se irá al City», presentían en el Calderón, y un responsable del club, vía SMS, pedía: «Necesitamos seis días para trabajar tranquilos». Ayer se cumplía el quinto de esos seis días y el Barcelona y el Atlético hicieron oficial el traspaso de David Villa al club rojiblanco. El asturiano –primer español que juega en el Atlético como campeón del mundo– firmará un contrato de un año con opción a otro y con opción a un tercero tras llegar los clubes a un acuerdo que suena a rebajas de verano. 

Un acuerdo que primero obtuvo el Atlético con el jugador. Al día siguiente del SMS citado, el jueves de la semana pasada, Miguel Ángel Gil y José Luis Pérez Caminero cenaron en Gijón con el jugador, su padre y su representante. Cuentan en el club que Villa estaba «loco por venir», pese a que tenía apalabrado un contrato con el Tottenham y tenía también una oferta de la Fiorentina. Durante el fin de semana, Barcelona y Atlético negociaron. Todo se cerró ayer por la mañana en la Ciudad Condal. 

El Atlético ha firmado, según las cifras oficiales, una ganga: como mucho, le costará 5,1 millones de euros –el Barça pagó 40 en el verano de 2010–. Esos 5,1 millones se distribuyen así: 2,1 por esta temporada, dos más si aún pertenece a la plantilla rojiblanca en el curso 2014-15 y otro más si «amplía su contrato» y sigue hasta la campaña 2015-16. La entidad azulgrana se reserva un 50% de los derechos en caso de un futuro traspaso y, además, se ahorrará una ficha de 11 millones para El Guaje, que finalizaba contrato el 30 de junio de 2014. Y de paso, ventila más el ataque tras la llegada de Neymar. 

No es la primera vez que el delantero ha podido irse. De hecho, el Arsenal le tanteó en el pasado mercado invernal y el Tottenham hizo lo propio este verano. Al final, viajará a Madrid en busca de asegurarse su sueño: ser actor principal del Mundial. Hacía tiempo que Villa no se sentía protagonista en el Barça. Fue contratado a golpe de talonario poco antes de convertirse en uno de los máximos anotadores del Mundial. 
Sin embargo, la fractura de su tibia izquierda en el Mundial de Clubes de 2011 también fue la de su rendimiento en azul y grana. No jugó más desde aquel fatídico mes de diciembre y reapareció la pasada temporada. Nunca como primer espada, siempre como escudero de Messi, con quien siempre ha tenido que sacudirse los comentarios acerca de una relación complicada. Ahora, volverá con la camiseta rojiblanca ya que podría debutar en la Supercopa de España ante el Barcelona. 

La operación se daba por «buenísima» a última hora de ayer en los despachos del Vicente Calderón. Cuentan que el club «ha fichado un jugador que da garantías de compromiso y de hambre por jugar el Mundial del año que viene». Diego Simeone estuvo al tanto de todo el proceso y parece ser que está feliz. 
La operación le va a costar al Atlético entre 10,5 y 11 millones –depende de los bonus– pues al traspaso hay que sumar el sueldo: 8,4 millones. Villa renuncia a 2,6 millones de los que tenía garantizados en Barcelona, pero a cambio se asegura ser la estrella del tercer equipo de España y jugar la Champions en un club, el Atlético, donde ahora se centran los esfuerzos en contratar un centrocampista de contención, pues consideran que con «Arda, Adrián, Koke y Óliver hay talento de sobra». Villa llegó anoche a Madrid, se instaló en el AC La Finca, lugar habitual de concentración del equipo, y hoy pasará el reconocimiento médico. La presentación, esta semana.
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Andy Murray


Algo había en el ambiente indescriptible de la colina más famosa de Wimbledon que hacía mascar la victoria. Las Union Jacks y las banderas escocesas rivalizaban con pancartas de aliento lejano al héroe de la pista central: «¡Hagamos historia!», «Murray, no tengas prisa», «Te amamos, Andy»… 
Al concurrido lugar lo bautizaron en tiempos como la Colina Henman, en honor al jugador británico que llegó cuatro veces a las semifinales pero que dejó con la miel en los labios a sus compatriotas. El popular cerro, ahora conocido como Monte Murrany, se convirtió ayer en una algarabía patriótica de 3.000 ruidosos espectadores que estallaron en un júbilo incomparable cuando por fin se rompió la maldición de los 77 años. 

«Sabíamos que Andy no nos iba a decepcionar», aseguró Glenda Shelling, de 47 años, que cambió en el último set el asiento en las gradas por los apretones ante la pantalla gigante. «Éste es el momento que llevábamos esperando toda la vida y hay que celebrarlo a lo grande y haciendo piña. En la pista, todo resulta escrupulosamente formal». Entre tanto, Murray no tuvo su primer pensamiento para su madre, Judy, ni para su novia, Kim, ni para su preparador, Ivan Lendl. El escocés se dio la vuelta, estábamos justo detrás, y miró a los banquillos de la prensa, como buscando un desquite personal. «Ha sido una reacción subconsciente», reconoció luego. «Miré en la dirección de cierta gente entre los medios [risas]. Obviamente, hemos tenido una relación difícil durante años, aunque la cosa ha mejorado últimamente». 

«Sabía lo importante que era para todos que ganara este torneo», seguido en directo por más de 18 millones de telespectadores. «Y me ha costado dejar constancia de lo mucho que lo he intentado y lo duro que he trabajado para conseguirlo». 

Digamos que la relación de Andy Murray con la prensa y con el público británico ha sido lo que aquí llaman un tough love, un amor duro y difícil, ni siquiera recompensado con el oro olímpico y el Abierto de Estados Unidos. El escocés necesitaba desesperadamente Wimbledon –«Ganar aquí es el pináculo del tenis mundial»– para sellar una alianza, hasta ahora quebradiza, con su propia parroquia, y para conseguir, de paso, el lanzamiento al estrellato mundial, con contratos publicitarios que pueden ponerle en la órbita de los 120 millones de euros en lo que le queda como profesional. 

Tuvo unas palabras muy sentidas para su entrenador, Ivan Lendl. «Es obvio que nunca sonríe en público, pero en privado es una persona muy distinta. Le doy las gracias porque ha creído en mí cuando otra gente había perdido la confianza. Ha tenido mucha paciencia. Gracias a él no sólo he seguido mejorando técnica y físicamente. Ahora tengo una mentalidad diferente que es la que te hace ganar este tipo de partidos». 
Murray tuvo también palabras muy emotivas para sus abuelos, que estuvieron viendo el partido en su club deportivo de Dunblane, en Escocia. Y, por supuesto para su madre, Judy, su primera entrenadora, la misma que con 15 años le recomendó pasar en España, uno de los momentos claves de su progesión hacia la cima. «La mejor sensación posible es ver a tu hijo ganando Wimbledon», reconoció Judy, superados los nervios del escalofriante último juego. «Estuve temblando durante las tres horas que duró el partido. Recuerdo a Andy cuando era niño y me hablaba sobre cuánto deseaba ganar Wimbledon». 
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El Madrid apuesta por jugadores jóvenes


Si algo parece claro este verano es que el Real Madrid de Carlo Ancelotti apuesta por la juventud. Ese está siendo el eje central de su política de incorporaciones. Ayer fue presentado Dani Carvajal, hoy puede hacerse oficial la adquisición Asier Illarramendi. Serían, junto a Isco, tres integrantes de la reciente selección campeona de Europa sub 21. Un gran futuro. 
El mediocentro vasco parece que está muy cerca de llegar al Bernabéu. El acuerdo con el jugador es total y sólo faltaría concretar los últimos detalles con la Real Sociedad, a la que se abonarían los 30 millones de la cláusula. 

Carvajal, que fue presentado ayer en el Santiago Bernabéu, avala el fichaje de Illarramendi: «Es un buen jugador. Si a final el Madrid decide traerlo, bienvenido sea». De los tres veinteañeros, el lateral derecho es el único formado previamente en La Fábrica, con lo que refuerza una idea que el club quiere inculcar: la cantera puede ser útil para el primer equipo. Tras un año en el Bayern Leverkusen regresa triunfante a la que fue su casa durante 10 temporadas. «Soy la persona más feliz del mundo y cada partido que juegue me dejaré hasta el último aliento», afirmó ayer. Aunque el madrileño no quiere verse como un ejemplo para el resto de jugadores de las categorías inferiores: «No quiero servir de ejemplo, pero sí quiero animar a los canteranos a que trabajen día a día». 

Una cualidad por la que Carvajal agrada a los aficionados blancos es precisamente eso, que no hay ninguna duda de su madridismo, y ayer en la presentación volvió a confirmarlo. Ya en el césped se produjeron los mismos cánticos que en la presentación de Isco, los 1.200 aficionados empezaron a pedir que besara el escudo, Carvajal no tardó ni un segundo en hacerlo. Preguntado sobre la decisión de marcharse al conjunto alemán, no tiene dudas: «Si estoy aquí sentado se tomó la decisión correcta. Me faltaban cosas para competir con jugadores de talla mundial», sentenció. 

Más o menos por la misma cantidad por la que llegará Illarramendi (30 millones) se sitúa la oferta realizada por el Arsenal, que pretende conseguir al delantero argentino, Gonzalo Higuaín. La operación podría cerrase también en los próximos días. 
Por otro lado, también ayer el Atlético de Madrid presentó al jugador brasileño Leo Baptistao. El delantero, otra perla de 20 años, llega procedente del Rayo Vallecano. El nuevo fichaje del club del Manzanares se mostró muy ilusionado ante esta oportunidad. «Mi sueño de jugar en un club grande se acaba de hacer realidad», afirmó. 

Aunque la estrella en la rueda de prensa fue, otra vez, Enrique Cerezo. Ante las críticas de la prensa (y de Simeone) por la falta de fichajes en el club, el presidente afirmó, irónico: «Por fin el Atlético de Madrid ha fichado a alguien, aunque ya se supiera». Además bromeó con el director deportivo, José Luis Pérez Caminero: «Espero que no sea el último, Caminero». 
No obstante los aficionados atléticos sí que empiezan a impacientarse al ver que los nombres que se barajaban para reforzar el equipo (Negredo, Diego y Toulalan) están cada vez más lejos.
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Se cumple un año del accidente de María de Villota


Cuando obtuvieron la imagen, los médicos creyeron que era el alma fotografiada de un cadáver, el destrozo de esta vida acelerando hacia la otra. Ahí estaba la cabeza desnuda de la chica, rota de cráneo, convocada por hematomas cerebrales, huérfana de ojo... el resumen de un final. Pero hoy, un año después, los cirujanos, la chica y el mundo saben qué guardaba aquel primer plano rescatado de la negrura. Era la calavera de María riéndose de la muerte. 

– ¿Soy yo?, preguntó al ver por primera vez la radiografía involuntaria. 

Sí, eras tú, María. 

Hoy, a sus 33 años, cumple un año de vida María de Villota, como esas personas que nacen dos veces, esos seres repetidos de sí que se mueren de mentira para poder contarlo. 
Porque hoy es tan 3 de julio como el de 2012, cuando la rampa de un camión aparcado quizá donde no debía cortó el casco de María y entró en ella para los restos. «Los médicos no se explicaban que las lesiones no la hubieran matado o dejado graves secuelas neurológicas», cuenta Arancha Yagüe, la amiga al centímetro, el ojo derecho que le falta a María. 

Fueron más básicos los policías de Cambridgeshire, el condado inglés donde estaba la pista en la que María hizo la última prueba aerodinámica de su vida en un F-1. Allí, ya con el bólido sin resuello, la sangre salpicada y el trajín de las tragedias, los agentes levantaron un parte para la historia: un acta de defunción. 
María acababa de estrellarse contra un camión. Había madrugado y llevaba las lentillas, «porque quería afinar, como si fuera una gala». Llovía. Y en la primera vuelta se paró el mundo. «Recuerdo mis manos... Todo. Pensé: ‘Voy a impactar contra la carpa, tardarán un momentito’. No fue así. La rampa estaba a la altura de mis ojos y yo en el coche no la veía». Pero la rampa sí vio a María. 


A nadie debió extrañarle el certificado de los policías. Ni siquiera a los médicos de la ambulancia. «En el trayecto tuvieron que hacer dos intentos de reanimación cardiopulmonar. Se paró dos veces el corazón». 
Y en ésas, María llegó a la ciencia, a la medicina que aún se rasca la cabeza ante las dos imágenes que coronan esta página. Tres operaciones en Londres y en Madrid, siete placas de titanio y todas las horas de paciencia han ido llenando de carne viva aquellos huesos con mala pinta. 

Arancha dice que las formas física y psicológica obraron la resurrección. «Hacía dos meses que había pasado las pruebas físicas de McLaren con calificación de excelente, y son pruebas que no distinguen por sexo. Y ya era perseverante y positiva de antes, venía entrenada. Eso, de cara a la rehabilitación, fue clave». 
La tercera salvación fueron amigos, padres, novio, hermanos... Y los sin nombre, la gente anónima, las redes sociales lanzando redes. «Mucha gente me dice que rezó por mí, en cualquier religión. Otros me miran con cariño y tengo la sensación de que les conozco. Es como si una ciudad se convirtiera en mi barrio. El otro día iba por Santander y parecía Cocodrilo Dundee, saludando a todo el mundo. Todos son los causantes de mi felicidad. Es la pera». 

Nos lo contaba María en febrero, en una entrevista que se dejó fuera algunas comillas. Aquel día de invierno, María ya era la de hoy, la de los dientes amables, la que imparte tics de superación, la que aprende en una fundación de niños con enfermedades raras, la que lucha por la seguridad vial, la que sueña un kart. Y eso que hace poco, en el Jarama, a circuito cerrado, con la familia sólo, cogió su Mini y se dio una «vuelta alegre» por si volvía a oler a curva. Aunque ya no tenga olfato. 


Porque en la onda expansiva de aquella placa quedan las huellas. Las del futuro. «En el tercio derecho de la cara no tengo sensibilidad. Me quitaron un trozo de piel de la pierna para la operación. La órbita del ojo me pincha... Alfileres. Está dolorida. Me pica, me rasco y no siento nada. La cura de cada noche frente al espejo es lo que más duele. Y no huelo nada. Tengo dolores de cabeza fuertes. Unos duran horas y otros días. Cualquier giro que hago me molesta. Y el ruido, la música, las luces...». 

María dice que ahora es más feliz, que va «a un lugar más maduro, más interno, más rodeado de personas». 
Y no esquiva ni un pasado. Lleva las radiografías de esta historia en su móvil, guardadas donde se archivan trozos de eternidad. «Me gusta entender lo que pasó. Las radiografías son mi propia telemetría: el cuerpo era el chasis y la cabeza la electrónica. Creo que el de arriba se ha salido conmigo». María de Villota, el desmentido de esta verdad tan ósea. 

– ¿Y por qué es un milagro? 

– Porque las secuelas son sólo físicas y el alma es la misma. Porque la vida es un regalo.
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Contador termina la carrera sin problemas


Parecía que iba a ser un día tranquilo y fue un día tranquilo. Soplaba la brisa al borde del mar a media mañana en Ajaccio, una ciudad que exuda el espíritu de Napoleón por todas las calles, los bulevares y las plazas, mientras el intenso azul turquesa del mar irradia una sensación de sosiego. A la hora en la que un grupo de bomberos jugaba una partida de petanca sobre el albero de un parque infantil a la orilla del mar, Christian Prudhomme, el director del Tour, le quitaba hierro y ponía paz al incidente del autobús de la víspera. Visitaba al equipo, tranquilizaba a Gari Acha, el conductor, y pedía perdón por la parte que le tocaba a la organización, que dejó pasar el vehículo por un agujero demasiado pequeño. 

El Tour pagará los daños del autobús y el equipo se hará cargo de la multa que le pusieron los jueces por el retraso en llegar. Todos tan amigos. El Orica es un equipo de gente que se hace querer, empezando por su director, Neil Stephens, un australiano que echó raices en el País Vasco. Ellos tampoco quieren líos y no olvidarán echar una mirada hacia arriba cada vez que pasen bajo el arco, casi cada día. Los bomberos seguían jugando a la petanca a la misma hora a la que Alberto Contador terminaba el desayuno. Estaba contento, dentro de lo que cabe. Pese a la caída de la víspera, de las magulladuras y los golpes, había dormido bien, «y dos horas más que otros días, porque la etapa era más corta», apuntaba Fran, su hermano. 
Dos horas más es mucho para recuperar de un día a otro, así que a pesar de lo que le tiraban las heridas que empezaban a cicatrizar al secarse, Contador también pensaba que el día iba a ser tranquilo. Y fue una jornada tranquila, como la partida de petanca de los bomberos de Ajaccio. 

Mientras unos valientes cumplían el guión habitual de las etapas iniciales del Tour, –escapar, aguantar, chupar cámara, puntuar, desfallecer, claudicar y finalmente descolgarse–, Contador escaneaba sus sensaciones. Agarraba bien el manillar, una de sus obsesiones el día anterior, no tenía problemas en el pedaleo y aguantaba el ritmo del pelotón, tampoco demasiado exigente. 

Por si acaso, él y sus correligionarios, aguzaban los sentidos para evitar problemas, que siempre aparecen en una curva peligrosa, un tarado que irrumpe en la calzada, o un irresponsable que decide soltar al perro justo al paso del pelotón. «Lo peor siempre son los primeros kilómetros. Después, ya en caliente, sin problemas», apuntaba Contador. Fue un día tranquilo. Los bomberos de Ajaccio no salieron a ningún servicio y siguieron con la petanca; Contador sólo sintió el tirón de las heridas, –«el tercer día será peor»–, y Froome, que vio que aquello no daba para mucho, optó por ganarse el sueldo en el Salario, un alto de tercera a pocos kilómetros de la llegada. Saltó a por Gautier se exhibió sin rubor ante sus rivales, pero sin éxito, porque quedaba mucho, y además, Evans, Contador y ¡Andy Schelck!, no estaban para exhibiciones ajenas y mandaron a la guerra a sus gregarios, que arreglaron el entuerto, mientras Jan Bakelants, un belga del Radioshack, aprovechaba la escaramuza para coger unos metros. Es el nuevo líder al ganar la etapa de un día tranquilo de sol y petanca. 

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Vicente reconoce que fueron mejores


Nada más terminar el partido, Vicente del Bosque se dirigió hacia el banquillo de Brasil para felicitar a Scolari. Sin embargo, el seleccionador brasileño se encontraba en medio de una piña que habían formado todos sus ayudantes –no menos de 15– saltando y celebrando un título que para Brasil siempre tuvo un significado mayor que para el resto de equipos, incluida España. Del Bosque esperó y esperó pero no fue hasta pasado un buen rato cuando pudo estrechar la mano de Felipao. No tardaron tanto Marcelo y Neymar en hacer lo propio con los jugadores de la selección española. El lateral del Madrid y el nuevo delantero del Barça se fueron hacia la zona donde estaban los españoles y saludaron casi uno por uno a todos antes de unirse a sus compañeros para, con botellas de champán, dar rienda suelta a su alegría, que era mucha. 

«Han sido mejores, hay que felicitarles», comenzó su discurso en la televisión Vicente del Bosque, sudando, al igual que el pasado jueves en Fortaleza. No quiso el técnico español entrar en demasiados detalles sobre lo que acababa de suceder sobre la hierba, irregular, del estadio mítico por excelencia en el mundo del fútbol. «Hemos tenido además esa pizca de mala suerte por los goles que hemos encajado en el primer minuto de la primera y de la segunda parte y en el último de la primera, pero bueno, no quiero poner ningún paño ni excusas. Han sido mejores y punto», insistió Del Bosque, que recordó, como hicieron todos los futbolistas, la jugada en la que Pedro ya cantaba gol cuando David Luiz sacó debajo de los palos su remate. «Hemos pasado del 1-1 al 2-0 en esos minutos, pero de verdad que no es momento de entrar en demasiados detalles, han sido mejores, le han aplicado la mayor energía que tenían a todas sus acciones, les felicitamos y ya está», prosiguió Del Bosque, que no obstante quiso quedarse con un buen sabor de boca. «Hemos hecho un buen torneo, me quedo con lo positivo hasta el día de hoy [por ayer], me quedo con la convivencia extraordinaria entre los jugadores, 28 días de convivencia no son fáciles». Sergio Ramos, por su parte, se lamentó por el penalti fallado y resumió la noche. «No nos salía nada. Es uno de esos días que da igual lo que intentes», concluyó. 

Otro de los gestos de la noche lo protagonizó Julio César. El portero de Brasil, que fue dueño de la portería del Inter de Milán en la etapa de José Mourinho allí, subió a recibir el Guante de Oro de la FIFA con la camiseta de Iker Casillas, y además con el nombre del portero español en el pecho –es decir, con la camiseta al revés–. Los jugadores se fueron directamente desde el estadio hasta el aeropuerto de Río, donde al filo de las 6.00 horas (hora española) se subían al avión para regresar a Madrid, donde tienen previsto aterrizar a eso de las 17.00 horas. Después, cada uno a sus vacaciones. Se volverán a juntar el 14 de agosto, cuando disputan un partido amistoso en Ecuador, y luego deberá la selección cerrar su clasificación para el Mundial ante Finlandia (6 de septiembre) y ante Georgia y Bielorrusia (11 y 15 de octubre). Y después, ¿la venganza?
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Vicente reconoce que fueron mejores


Nada más terminar el partido, Vicente del Bosque se dirigió hacia el banquillo de Brasil para felicitar a Scolari. Sin embargo, el seleccionador brasileño se encontraba en medio de una piña que habían formado todos sus ayudantes –no menos de 15– saltando y celebrando un título que para Brasil siempre tuvo un significado mayor que para el resto de equipos, incluida España. Del Bosque esperó y esperó pero no fue hasta pasado un buen rato cuando pudo estrechar la mano de Felipao. No tardaron tanto Marcelo y Neymar en hacer lo propio con los jugadores de la selección española. El lateral del Madrid y el nuevo delantero del Barça se fueron hacia la zona donde estaban los españoles y saludaron casi uno por uno a todos antes de unirse a sus compañeros para, con botellas de champán, dar rienda suelta a su alegría, que era mucha. 

«Han sido mejores, hay que felicitarles», comenzó su discurso en la televisión Vicente del Bosque, sudando, al igual que el pasado jueves en Fortaleza. No quiso el técnico español entrar en demasiados detalles sobre lo que acababa de suceder sobre la hierba, irregular, del estadio mítico por excelencia en el mundo del fútbol. «Hemos tenido además esa pizca de mala suerte por los goles que hemos encajado en el primer minuto de la primera y de la segunda parte y en el último de la primera, pero bueno, no quiero poner ningún paño ni excusas. Han sido mejores y punto», insistió Del Bosque, que recordó, como hicieron todos los futbolistas, la jugada en la que Pedro ya cantaba gol cuando David Luiz sacó debajo de los palos su remate. «Hemos pasado del 1-1 al 2-0 en esos minutos, pero de verdad que no es momento de entrar en demasiados detalles, han sido mejores, le han aplicado la mayor energía que tenían a todas sus acciones, les felicitamos y ya está», prosiguió Del Bosque, que no obstante quiso quedarse con un buen sabor de boca. «Hemos hecho un buen torneo, me quedo con lo positivo hasta el día de hoy [por ayer], me quedo con la convivencia extraordinaria entre los jugadores, 28 días de convivencia no son fáciles». Sergio Ramos, por su parte, se lamentó por el penalti fallado y resumió la noche. «No nos salía nada. Es uno de esos días que da igual lo que intentes», concluyó. 

Otro de los gestos de la noche lo protagonizó Julio César. El portero de Brasil, que fue dueño de la portería del Inter de Milán en la etapa de José Mourinho allí, subió a recibir el Guante de Oro de la FIFA con la camiseta de Iker Casillas, y además con el nombre del portero español en el pecho –es decir, con la camiseta al revés–. Los jugadores se fueron directamente desde el estadio hasta el aeropuerto de Río, donde al filo de las 6.00 horas (hora española) se subían al avión para regresar a Madrid, donde tienen previsto aterrizar a eso de las 17.00 horas. Después, cada uno a sus vacaciones. Se volverán a juntar el 14 de agosto, cuando disputan un partido amistoso en Ecuador, y luego deberá la selección cerrar su clasificación para el Mundial ante Finlandia (6 de septiembre) y ante Georgia y Bielorrusia (11 y 15 de octubre). Y después, ¿la venganza?
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