Alonso remonta



En Monza el descontrol es tradición. El casino, como dicen los italianos, el lío, la bulla, es propia de este circuito, tan sabroso en historia como agotador para trabajar en él. No hay otra pista igual en Europa para ver Fórmula 1, no hay tanta pasión como en estas tribunas, ni en ningún lugar se va tan rápido como aquí. 
Entre sus curvas, apoyado en los enormes árboles, se escondía Enzo Ferrari con sus enormes gafas negras, su camisa blanca y sus tirantes oscuros. Sin avisar a su gente, merodeaba de incógnito para ver las pruebas de sus bólidos en los años 50 y 60, cuando la escudería comenzaba a construir su brillante historial. El petardeo de los motores le entusiasmaba, así como el arrojo de sus pilotos. Ayer hubiera estado orgulloso de un piloto nacido para su equipo. 

Fernando Alonso no se llevó la victoria en el Gran Premio de Italia, como hizo en 2010, pero firmó un bravo domingo para goce de los tifosi de la marca del caballo negro. El triunfo inapelable fue de Lewis Hamilton, dominador de principio a fin, pero el español firmó una poderosa remontada que le dejó con un cuerpo estupendo. Finalizó tercero tras partir décimo, cediendo el segundo puesto ante Sergio Pérez, extraordinario también sobre el asfalto, con otro salto salvaje de la decimosegunda posición hasta la segunda. El buen trato del joven mexicano a los neumáticos y la atrevida estrategia de su equipo, Sauber, le empujaron hasta el cielo lombardo. Optó, al contrario que los favoritos, por arrancar con ruedas duras y dejar las veloces blandas para el final. Así dio el gran golpe. Imparable, un trueno. 


Alonso le dejó pasar con resignación al no poder plantarle batalla. Con la calculadora en la mano, esa plaza perdida tampoco le amargaba la cosecha del domingo, porque ayer casi todo le salió bien. Pedía en la previa un poco de clemencia a la fortuna y tuvo recompensa. Tras quedar K.O. en Spa y sufrir el pasado sábado la crueldad de perder la pole position por una avería jamás vista en Ferrari en 15 años, finalmente los duendes le echaron una mano. En la contabilidad positiva con el azar brotan los títulos a final de curso. Si con problemas técnicos como el de la sesión de clasificación se pierden Mundiales, con botines como el de ayer se terminan ganando. Al asturiano le van encajando los números y estamos a punto de entrar en la parte caliente de 2012.

A su ambiciosa actuación al volante se unió la desgracia de Sebastian Vettel, principal adversario en la general del Mundial hasta el momento. Con él mantuvo un bonito duelo sobre el asfalto, cuando coincidieron persiguiendo el podio. Había acelerado por detrás Alonso con decisión en el semáforo. «No tenía un plan. Improvisé en los primeros metros», explicó después sobre el delicado descorche de la cita. La estampida inicial desembocaba en la peligrosa chicane que sacude corazones y chasis, sobre todo cuando se toma así, en rabioso grupo. 

Ahí cazó un par de plazas, antes de encarar las rapidísimas rectas del Parque Real entre zarpazos a Di Resta, Raikkonen o Michael Schumacher. Progresaba sobre ese Ferrari tan alegre sobre su pista fetiche, pie a fondo y frenadas duras. Cuando llegó el cara a cara con Vettel, ya los dos con las Pirelli duras y frescas, el F2012 lucía mejor tono. En la salida de los boxes Alonso intentó el asalto, pero fue más adelante, tras protagonizar un paralelo trepidante. Intentó la pasada por fuera y el alemán le cerró con violencia. 
«Todo el mundo lo ha visto», comentó el asturiano, visiblemente enojado con la maniobra a más de 300 kilómetros por hora de su rival. Salió de la arena con más ansias todavía de tumbar al Red Bull. Un par de vueltas más tarde se lo quitó de encima con limpieza. De inmediato, los comisarios sancionaron a Vettel con un paso obligado por los garajes. Su ruina se confirmó con la rotura de su coche y el abandono. Alonso, de pie, recordó entonces los 25 puntos que el último campeón le había limado en Spa. Ahora era el momento de arreglar las cosas. 


Por delante, con Jenson Button también fuera de combate por culpa de su McLaren gripado, quedaba Felipe Massa en persecución lejana a Hamilton. «Como siempre, me he comportado de manera profesional. He hecho lo mejor para el equipo», explicaba después el brasileño, al que su compañero adelantó con facilidad en la vuelta 40. Ni sus ruedas ni su ánimo eran demasiado beligerantes. A esas alturas, la Scuderia estaba a oscuras por culpa de un apagón eléctrico de media hora en los boxes. 
Puesta en su lógico orden la pareja ferrarista, irrumpió por detrás el Sauber de Sergio Pérez, imposible de bloquear en las vueltas finales. Alonso, al verle por el retrovisor, no gastó energías en la inútil defensa. Sólo pensaba en los 37 puntos de ventaja sobre Lewis Hamilton, segundo clasificado ahora, en los 38 sobre Kimi Raikkonen, tercero, 39 con Sebastian Vettel. Las cuentas del Mundial le cuadraban. El título, su tercera corona, se va dibujando poco a poco en el horizonte.
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Contador aguanta




Retorciéndose sobre paredes de cemento áspero. Sin perder la compostura por el envite desesperado de un rival admirable. Alberto Contador, con inteligencia, sin cebarse con el acoso de Purito Rodríguez, administra el esfuerzo para no agotar las energías, para no claudicar en las rampas de la Bola del Mundo, el último escalón antes del homenaje en Madrid. En los dos últimos kilómetros del monte coronado por dos antenas de televisión que parecen dos cohetes listos para despegar se rubrica otra intensa página de una Vuelta espléndida. Purito se agarra al hormigón y acelera a golpe de riñones para descolgar a Valverde. Balancea su bicicleta sin sentarse, sin mirar atrás. Contador aguanta, boquea y regula el ritmo en rampas del 20% de desnivel. No se obsesiona con el arreón del barcelonés y decide subir a ritmo. Ligero, sin chepazos. 

Por detrás, Valverde pierde comba. La segunda plaza peligra. Emoción para una jornada que arrancó anodina, con una fuga de una veintena de corredores. Adiós a un ataque lejano para castigar a Contador. Purito asciende por un callejón estrecho, con pavimento descarnado y aficionados locos por empujarle, por tocarle. Trepa para distanciar al murciano, para inquietar al madrileño y, sobre todo, por orgullo. Maldito día de descanso en Comillas. Pelea por fe, para demostrar a todos que merece más que la tercera plaza del podio. Un ataque soberbio, pero también para la galería. Aprieta el manillar con rabia, con la impotencia de saber que no dispone del margen necesario para culminar su reto. 

A lo lejos, con la distancia justa, le observan Contador y Valverde. Ambos tiran de calculadora y ninguno pierde los nervios ante la tortura padecida en unas rampas criminales. El líder, con un amplio colchón de segundos, administra la renta como un experimentado gestor. El baluarte del Movistar se exprime y supera al madrileño. Va de menos a más y al final, sólo cede 25 segundos. Contador pierde 44. Sin cambios en la general. 
Purito llega a la cima muerto, con el resto, y en la misma línea de meta es recogido por los auxiliares del equipo. Fin del suplicio presenciado por miles de aficionados y cicloturistas que antes de la llegada de los protagonista soportaron una persistente lluvia, truenos y relámpagos. 

Sol en Madrid y Segovia. Un espectáculo sin un metro libre en los arcenes de la carretera de Navacerrada. Aparcamientos colapsados, bocadillos y cervezas agotados en los bares y cafeterías. La Vuelta, adecuada réplica del Tour. Purito es el noveno de una jornada que careció de la épica de anteriores citas, pero grabada a fuego para Denis Menchov. El ruso, gregario del catalán, escondido durante toda la Vuelta, se impone en la emblemática cima después de aprovecharse de la fuga nacida poco después del banderazo de salida y de derrotar en el último suspiro a Richie Porte, su compañero de escalada en la Bola del Mundo. 
En la escapada buena también hubo gente de primer nivel: Cobo, Bouet, Montaguti, Kessiakoff, Seeldraeyers, Lodewyck, De la Fuente, Duque, Sicard, Peterson, Ignatyev, Kostyuk, Capecchi, De Weert, Steegmans, Vlarke, Machado y Geschke. 

Euskaltel, buscando el triunfo de Igor Antón, colaboró con Saxo Bank en una captura que nunca llegó. Como tampoco fructificó la última embestida de Purito. Hoy, fiesta en Madrid con el renacido Contador en la cúspide de un podio ganado en una edición hermosa de la Vuelta.
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Le niegan la renovación a Anna Tarrés



«Acabará entrenando en el extranjero». Esa convicción tenía un altísimo mandatario del olimpismo español a 29 de marzo de 2012. Tres días antes se reunió con Anna Tarrés y, como ese mandatario también trata con Fernando Carpena, presidente de la Federación de natación, tenía algo más que un presentimiento: ella difícilmente continuará tras los Juegos de Londres, pero no le faltará trabajo, pues no hay en el planeta de la sincronizada nadie con mejor caché. 

El acta de defunción de Tarrés se selló ayer. A primera hora de la tarde, David Llorens, desde El Mundo Deportivo, informó del deceso, confirmado por la propia entrenadora a este diario minutos después. Dos horas más tarde, sin embargo, desde la Federación de Natación aún señalaban a este periódico: «Aún no puedo ni confirmar la noticia». Lo hicieron a las 23.07, sin más explicación que las «razones estrictamente profesionales y de política deportiva». 

La esquela, aunque fuese previsible, conmociona al olimpismo español. La relación personal entre el presidente y la seleccionadora podía ser pésima, pero los cuatro podios olímpicos -plata en dúo, bronce por equipos en Londres- parecían un blindaje suficiente para Tarrés, niña rara -¡y tanto, le dio por la sincro y hasta fue olímpica (1984)!-; una mujer torrencial, con sus cosas, de extrema exigencia hacia abajo y hacia arriba; un genio dentro del gremio que había completado el triple mortal. Porque ante el éxito de Gemma Mengual, bajo la dirección técnica de Tarrés, alguien podía mantener que se debía, sólo, al talento de la sirena. Pero tras la retirada de la gran diva continuó la gloria, lo que definitivamente impedía negar el trascendental papel de la preparadora. 

De hecho, con un equipo renovado y bajo el mismo patrón de innovar, la sincronizada reeditó medallas olímpicas hace apenas un mes. Por encima, sólo China y Rusia; por detrás, las otras potencias que parecían inalcanzables cuando Tarrés se puso al frente (1997) de una disciplina que, sin dejar de ser marginal, ha alcanzado altísimas cotas de reconocimiento social. Pregunten a la aseguradora Asisa, que moteó calles, carreteras y periódicos con anuncios con las sirenas de la sincronizada como protagonistas. La seleccionadora tenía planes: globalización, exhibiciones en el extranjero, en los Emiratos Árabes y otras tierras pujantes, en busca de recursos. Ideas, siempre, para crecer en un deporte que sin Tarrés se arriesga a frenar en seco, a 10 meses del Mundial de Barcelona.
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Premio a la amistad



Cuentan en la Federación Española que ellos mismos se ríen de esa exaltación de la amistad que la prensa y el público les atribuye. De hecho, no es difícil que en los pasillos se llamen, en tono de broma, «catalufo» y «español». Y que las collejas vuelen en presuntos piques para amenizar concentraciones. Para Iker Casillas y Xavi Hernández, los capitanes de la selección española de fútbol, condecorados ayer con el Premio Príncipe de Asturias, su relación es, simplemente, normal. Pero probablemente en un mundo, el del fútbol, en el que casi nada es normal, su normalidad sea lo anormal. Más allá del jeroglífico, ambos fueron premiados ayer por el jurado de los Premios Príncipe de Asturias porque simbolizan «los valores de amistad y compañerismo más allá de la máxima rivalidad de sus respectivos equipos» y porque «su comportamiento deportivo es un modelo para los jóvenes». 


Los 18 miembros del Jurado del premio en su categoría deportiva decidieron (por 11 votos a 7) que fueran ellos y no el Comité Paralímpico Internacional el receptor de un premio que, una vez más, se vio envuelto en la polémica, especialmente satírica en las redes sociales. El hecho de que la selección española lo recibiera en 2010, después de ganar el Mundial de Sudáfrica, ha llamado mucho la atención e hizo que, si bien nadie considera injusto que se lo den a estos dos futbolistas, sí parece obvio que la cercanía con el reconocimiento colectivo de hace dos años hacía quizá innecesaria una reafirmación. Por no hablar de las bases mismas del premio. Según su reglamento, el galardón se entrega «a la persona, institución, grupo de personas o de instituciones que, además de la ejemplaridad de su trayectoria, haya contribuido con su esfuerzo, de manera extraordinaria, al perfeccionamiento, cultivo, promoción o difusión del deporte». Bajo esos parámetros no es difícil imaginar que acaso el Comité Paralímpico, en conjunto, haya hecho más esfuerzo en esa dirección. Sin embargo, la candidatura promovida por Joseph Blatter, presidente de la FIFA, fue la que finalmente triunfó. 


La presidenta del jurado, Arantxa Sánchez-Vicario, insistió una y otra vez en el carácter «social» del premio. No se trataba de un reconocimiento puramente futbolístico, sino «a la labor de concordia y unión que ellos han llevado a cabo». Probablemente aquella llamada de teléfono lo cambió todo. Es una historia ya contada: tras la Supercopa de España de 2011, cuando la tensión entre Madrid y Barça había llegado a su punto álgido, Iker levantó el teléfono y llamó a Xavi, con el que lleva compartiendo vestuario en España 15 años. «Hay que parar esto», le vino a decir, y aquello se paró. La selección no se vio a fectada y ganó la pasada Eurocopa con una pareja de centrales -Sergio Ramos y Piqué- que también podrían haberse llevado el Premio según el criterio del concedido ayer. El caso es que la Federación Española de Fútbol, conocido el premio, no tuvo a bien programar una comparecencia de los dos, que sí hablaron después en la entrega de un premio por parte del Diario Marca, el Marca Platino. «Tenemos una relación de hace mucho tiempo. Somos la cabeza visible pero hay muchos jugadores detrás que en su día supieron limar ciertas cosas que sucedieron», dijo Casillas en mitad de las bromas de sus compañeros. 


«El premio es un reconocimiento a nuestra labor, a nuestra generación de futbolistas, a una relación de amistad. Llevamos 15 años coincidiendo en la selección española, tanto en categorías inferiores como en la absoluta», dijo Xavi, que reconoció que, en su momento, «hubo tensión, pero se solucionaron las cosas. La amistad está por encima de todo». Sus personalidades despiertan tanta admiración, incluso en el bando rival, que nadie se atreve a cuestionar la legitimidad del Premio. Tampoco, por supuesto, los Príncipes, que les enviaron un telegrama, menos entusiasta que, por ejemplo, Esperanza Aguirre, muy contenta pese a que pensaba, de inicio, que el premio era sólo para Iker.


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Cristiano Ronaldo se aisla



En 2012, para un tipo solitario, aislado, el cauce natural de expresión son las redes sociales. Cumpliendo la lógica, ayer Cristiano Ronaldo, 48 horas después de soliviantar a todo el Real Madrid con su tristeza publicada, usó Twitter y Facebook para hablar. Poco antes de las 21.00 horas, el portugués emitió un comunicado donde, pese a que el origen real de sus palabras del domingo es un retraso en la renovación de su contrato, con el que pretende ganar más dinero, negaba que su estado de ánimo responda a una cuestión económica. Eso sí, no aportaba ningún motivo. El misterio sigue. «Me siento triste y, al expresarlo, se ha creado un gran revuelo. He sido acusado de querer más dinero, pero algún día se demostrará que no es así. Sólo quiero garantizar a los fans del Real Madrid que mi motivación, mi dedicación y mi deseo de ganar todas las competiciones no se verán afectados. Tengo demasiado respeto por mí y por el Real Madrid como para dar menos de lo que soy capaz. Abrazos to all madridistas». 

Unas palabras impresas, unas líneas y, de nuevo, el silencio del divo. Porque hay pocas dudas acerca de la asumida condición de divo del jugador portugués, de su necesidad constante de ser querido que no colman los aplausos, ni los goles, y de la falta de control sobre la repercusión de sus acciones. Con independencia de las peticiones económicas, legítimas, circunstanciales y que corresponden a una negociación entre empleado y club, es evidente que las repetidas actuaciones de Cristiano en busca de reconocimiento responden a variables de orden afectivo, en opinión de algunos psicólogos consultados por este periódico. 
En esa coyuntura, hasta una prórroga en el proceso de una renovación, algo perfectamente normal, puede ser interpretada por el afectado como una falta de consideración. Suele suceder en personajes que, a pesar de estar rodeados por centenares de personas, se encierran en sí mismos, se refugian en su solitud y pierden la perspectiva. 

Su casa en Madrid

Algunos detalles sobre la vida de Cristiano en Madrid, a los que ha tenido acceso este periódico, apuntan hacia esa soledad del divo. El jugador solía acudir a un restaurante vasco cerca de su residencia, en la urbanización de la Finca, a las afueras de la ciudad. Al poco tiempo, decidió solicitar al dueño que le llevara la comida a casa para evitar el asedio de los aficionados. En el cuadro técnico del Madrid llegaron a mostrar preocupación porque el futbolista se lesionara solo, dado que había instalado un gimnasio en su domicilio, en el que se pasaba las tardes enteras, entre pesas y sesiones de abdominales. 

Otro testigo sitúa a Cristiano en un acto del mundo de la moda al que acude para acompañar a su novia, Irina Shayk. Al descubrir que acapara toda la atención, el jugador habría pedido una sala para aislarse hasta la conclusión. Recientemente, decidió asistir junto a la modelo rusa a una representación del musical El Rey León, en el Teatro Lope de Vega, en la capital. Entró cuando la sala ya estaba a oscuras, con una gorra y la mirada baja, pero fue reconocido rápidamente. Tuvo que pedir repetidamente que no le hicieran fotos y, en el descanso, la pareja abandonó la platea a la carrera. En la segunda parte del musical, sus sillones estaban vacíos. Para los psicólogos, algunos de los patrones de conducta podrían ser coincidentes con los de un trastorno narcisista de la personalidad, que se caracteriza, fundamentalmente, por la exigencia de una admiración excesiva, expresada de forma soberbia y arrogante. 

Ronaldo e Irina

Nada de lo que pide es excesivo para la percepción de Cristiano, pero la distorsión mina profundamente el sentido de equipo. La consecuencia es que a su aislamiento exterior se añade el del vestuario. A los futbolistas españoles, además, no les gustó su actitud en las semifinales de la Eurocopa, frente a otros como Pepe que, concluido el partido, entró en el vestuario de España a felicitar a Del Bosque y sus internacionales. 

El Madrid ha asistido estupefacto al estallido de su estrella. A pesar de que crea que sus palabras se deben a un enfado por el retraso en una renovación, sea por la fórmula fiscal después de la Ley Beckham o porque el portugués tiene contrato hasta 2015, la preocupación por la hipersensibilidad de su jugador franquicia aumentó. 

Cristiano observa lo que de Leo Messi dicen todos sus compañeros y entrenadores, y ello le produce mayor contrariedad. Probablemente, la gestión de los apetitos de Messi, incluida la renovación de su acompañante Pinto, ha sido más eficaz que en el caso del portugués. Desde que Cristiano dejó Madeira para ir a la cantera del Sporting de Portugal, nada fue fácil. Para empezar, se mofaban de su acento. Posiblemente, ello alimentó su lucha contra todos, pero dejó sin resolver la que cualquiera libra consigo mismo.
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Fábregas discutido ya por algunos aficionados



La jugada tuvo su qué. Leo Messi, el futbolista que más remata del Barcelona, en una posición franca para buscar la portería rival en su partido frente al Valencia, decidió por sorpresa girar el cuello y buscar con la mirada a Cesc para que fuera él quien opositara, con escasa fortuna, a la gloria efímera del gol. Anda La Pulga preocupada ante la creciente melancolía del cuatro, discutido ya por una parte de la hinchada -un sector del Camp Nou castigó con pitos sendos errores ante Diego Alves-, e incapaz de tomarle el pulso al entramado táctico del equipo. Y el argentino, cacique del grupo, que hizo buenas migas con el chico de Arenys en las categorías inferiores del club azulgrana -a ambos les unía su carácter algo retraído-, intenta poner de su parte para solucionar un problema que, lejos de remitir, amenaza la estabilidad emocional del vestuario. 

Cesc, aquel futbolista al que su gran mentor, Arsène Wenger, emparentó en su día con Michel Platini, uno de los mejores nueve y medio de siempre, lleva sin marcar un gol en partido oficial con el Barcelona desde el pasado 8 de febrero. Desde entonces, 21 encuentros sin ver puerta con su equipo, condenado a que su furiosa irrupción en el equipo el curso pasado -con 14 goles en los primeros 23 partidos- quedara en el olvido. 

Lleva Tito Vilanova insistiendo todo el verano en que ésta será «una gran temporada» para Cesc pese a la obligación de jugar como interior, posición en la que el futbolista se siente encorsetado y lejos de aquella anarquía de la que tanto disfrutó con aquel 3-4-3 en rombo que ideara en su día Guardiola para hacerle un hueco tras la espalda de Messi. 

El ex técnico del Barça, precisamente, tuvo algún que otro desencuentro con el ex capitán gunner, al considerar que su vida privada le impedía poner los cinco sentidos a la hora de adaptarse a un juego tan específico como el que practica el Barcelona. «A veces me he sentido perdido», llegó a confesar Fàbregas la temporada pasada en las catacumbas de Stamford Bridge, antes de batirse con el Chelsea en la ida de semifinales de la Champions y ser uno de los protagonistas negativos de la noche al errar varias ocasiones. 
Pero Tito, que fue quien más insistió en la contratación de Cesc, convencido de que antes o después acabará asumiendo el liderazgo que se le presuponía, ha contado con el centrocampista en los tres partidos de Liga. Encuentros en los que, eso sí, siempre acabó sustituido. En la Supercopa contra el Real Madrid, mientras, Fàbregas tuvo un papel residual (siete minutos en total). 

«Para algunos parece que si Cesc no marca, no juega bien», se quejaba el domingo Andoni Zubizarreta, consciente de la depreciación de un futbolista por el que el club azulgrana pagó 29 millones de euros. 
Pocas veces tuvo un centrocampista que buscar la redención mediante el gol. Una virtud que, en el caso de Cesc, ha mutado en condena.
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Cristiano no se siente querido en el Madrid



«Es muy bueno, pero es muy especialito». Así lo reconocían anoche desde el Real Madrid, soliviantados por la que montó Cristiano, y su collar de perlas, en la zona mixta. Se paró, y eso que no estaba designado para hablar con los medios. «¿Por qué no has celebrado los goles?», le preguntaron. «No celebro los goles porque estoy triste. Es un tema profesional, la gente del club sabe por qué, pero no quiero hablar de ello». Las caras mudaron en una expresión de sorpresa tremenda. ¿Qué le pasa a Cristiano? En realidad, nadie sabe la historia completa. Lo que sí se sabe es lo siguiente: Cristiano se reunió dos veces la semana pasada con Florentino Pérez, la última el sábado en el estadio. «No me siento querido, tengo mucha presión», les dijo a Pérez y al director general, José Ángel Sánchez, atentos a sus palabras y bastante sorprendidos, porque tampoco dio unas razones demasiado concretas, y claro, así, de buenas a primeras... 


En cuanto explotó la bomba, comenzaron las especulaciones, a cual más variopinta. Se habló de dinero, se habló de enfado con sus compañeros y por hablar se habló hasta de depresiones. Según algunos medios, entre ellos la Ser y la Cope, en la reunión entre Cristiano y Florentino el sábado, el jugador habría hablado incluso de la posibilidad de marcharse, algo extraño pues las opciones para un futbolista como él son más que limitadas. Todo, siempre según esas emisoras, porque Cristiano se siente solo en el vestuario, cree que algunos de sus compañeros le hacen el vacío e incluso ha roto relaciones con el que era su mejor amigo, Marcelo, se supone que porque el brasileño dijo que Casillas merecía el Balón de Oro. 

Sin llegar a reconocer nada de eso, en el Madrid sí admiten que Cristiano no está cómodo, y de hecho el presidente trata desde el sábado de reconducir la situación. El club le quiere por su magnitud como futbolista, y es consciente que por su cabeza ha pasado la idea de marcharse, pero confían en que podrán solucionar el tema. ¿Cómo? Eso es algo a lo que Florentino Pérez todavía anda dándole vueltas, probablemente algo molesto con la maniobra del jugador, que lógicamente provocó un revuelo tremendo. 


Al portugués se le vio cabizbajo durante toda la tarde. No celebró ninguno de los dos goles, ni siquiera el primero de ellos, que hacía el número 150 (en 149 partidos) con el Real Madrid. Una barbaridad. Se pudo pensar que no celebraba por varios motivos. Primero porque el público no estaba muy contento con el equipo y había empezado bien pronto con el run-run tan característico del Bernabéu. Segundo porque no estaba bien en lo físico, arrastrando las molestias que le generó el partido contra el Barça. Tercero porque, simplemente, no le apetecía. Pero no. «No quiero explicar nada más», volvió a cortar cuando se le insistió, antes de marcharse dejando atrás los rostros de sorpresa de sus compañeros, esos con los que parece no estar cómodo. Por ejemplo Higuaín que, preguntado por el tema, dijo: «Me entero por vos, no tengo ni idea». 

Las palabras de Cristiano dejaron en nada todo lo que ocurrió en el césped, donde él también, cómo no, fue protagonista. Es tan peculiar que, después de dos minutos caminando y cojeando, recibió un balón de Xabi Alonso en el balcón del área. Podría haberla dejado pasar, podría habérsela devuelto a su compañero o, a las malas, podría haberla echado fuera y retirarse. Sería lo normal, ¿no? Puede, pero Cristiano, en lo bueno y en lo malo, no es un jugador normal, así que enganchó la pelota y no lo pudo evitar. Recortó con la derecha y tiró con la izquierda, justo la pierna mala, mala entendida como enferma. El balón salió fuera y despacio, y entonces volvió a mirar al banquillo. Frunció el ceño. Se llevó la mano, de nuevo, al muslo izquierdo y se marchó, con gesto contrariado y entre la ovación, cerrada, del Bernabéu. Pese a las molestias, hoy viajará para incorporarse a su selección. 


No habló Mourinho de Cristiano porque las palabras del futbolista se produjeron al mismo tiempo que el técnico estaba en la sala de prensa para decir, básicamente, que no estaba contento. «No me ha gustado mi equipo», dijo primero, para matizar: «Me ha gustado poco». Y se explicó: «Tuvimos poca ambición, poco ritmo, poca intensidad. Trabajamos poco tiempo en comparación con otros sectores de la sociedad, por eso tenemos que poner más».
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