El balonmano pagará las consecuencias del Madrid Arena



Se llaman macro-fiestas y son divertidísimas. En un local diseñado y construido para otros usos, los asistentes se hacinan de madrugada, sudorosos, con un vaso de matarratas en la mano bajo machaconas toneladas de decibelios sincopados de una calidad musical que haría las delicias de los pobladores de Atapuerca. Imposible hablar si no es a gritos. Conseguir otra copa de veneno resulta un triunfo. Acceder a un atestado y antihigiénico urinario, una odisea. Qué gozada. Fascinantes aventuras de adolescencia. Proliferan los sociables vendedores de bonitas pastillas de todos los colores y los mercaderes de sugerentes sustancias de origen vegetal. Abundan las alegres vomitonas y los simpáticos comas etílicos. Un ambientazo. 

Ciertos organizadores, ciertos munícipes, ciertos policías y ciertos jueces han estado encantados de contribuir con su comprensión y ayuda a estos saludables y enriquecedores esparcimientos juveniles. Hasta que han muerto unas chavalas, vaya por Dios, qué mala suerte. Entonces, a modo de severidad compensatoria y retroactiva, se han vuelto escrupulosos, legalistas y ejemplarizantes. Y lo han pagado con el balonmano, al que han desahuciado a las mismas puertas del Mundial. El Madrid Arena se precinta para demostrar a la ciudadanía el dolor de los poderes públicos por las pérdidas humanas y su irrenunciable compromiso con la justicia más imparcial y estricta. El pabellón no se abre al deporte hasta que el castigo a los culpables lo purifique. Y no se hable más. 

Nada impediría que prosiguieran las diligencias judiciales y que, entretanto, el balonmano regresara a su casa original, donde no hay corruptelas, amiguismo, hacina- miento, petardos, alcohol y embruteci-miento. El Madrid Arena es un recinto deportivo, no un espacio salvaje para macrofiestas. Para macromierdas. Parece ser que la Caja Mágica, inapropiada y defectuosa, será la solución pactada, el remiendo para un balonmano inmerso en un calvario que lo trastorna, nos desprestigia internacionalmente y perjudica la candidatura olímpica. De la Arena Trágica a la Caja Mágica. La rima es bonita. Todo lo demás, horrible.
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Los jugadores del Madrid están tristes y preocupados



Florentino Pérez bajó al vestuario del Benito Villamarín y estrechó la mano de todos los jugadores. Trató de dar ánimos y no le hizo falta alzar la voz porque no había mucho ruido en la caseta. Cuando sucede una derrota como la del pasado sábado, cada futbolista se quita la ropa, se ducha y se viste rumiando lo suyo. Tampoco el entrenador, Jose Mourinho, dice nada después de los partidos, con lo cual esas paredes se parecían más a un velatorio que a un recinto donde 30 personas recogían los bártulos para coger el avión de vuelta a Madrid. 

«Los jugadores están tristes y preocupados por la dinámica de juego y por los arbitrajes. Estaban todos muy tocados», cuentan desde el club. En la mayoría de los equipos de fútbol, el vestuario permanece ajeno a las idas y vueltas que no atañen al pequeño universo en el que se recluyen los futbolistas, apenas preocupados por lo que constituye su día a día. Son muchachos jóvenes que pocas veces toman conciencia de lo que ocurre alrededor. Si acaso, y hablando de la plantilla del Madrid, Iker, Sergio y Arbeloa, los nacidos -o casi- en el club y con muchos años en el equipo son capaces de adivinar más allá de la rutina que supone entrenamiento-partido-entrenamiento. El sábado en el Villamarín, sin embargo, todos tenían un semblante serio. Saben de la gravedad de la situación del equipo. 

Y lo saben independientemente de la relación entre Mourinho y Florentino Pérez, el tema que acapara casi todos los titulares. Debajo de ese distanciamiento hay otra realidad, incuestionable: el Madrid ha perdido cinco partidos en tres meses de competición, los mismos que en los nueve meses que duró el curso anterior. Antes de caer contra el Betis, el equipo ya había perdido ante el Barça en la Supercopa, ante el Getafe y el Sevilla en Liga y ante el Borussia en Champions. Se suman, además, los empates en Barcelona -Liga- y ante Borussia y Manchester City en Europa. «No estamos bien», admitía uno de los pesos pesados la misma noche del sábado. Y es evidente. 

Los futbolistas son conscientes de los problemas que tienen. Hay partidos en los que, pese a iniciar bien, ser mejor que el rival y generar ocasiones suficientes como para sentenciar, terminan sufriendo. Y son más conscientes todavía -es lo que más les preocupa- de que, cuando han de jugar contra un equipo replegado que se pone por delante en el marcador, se les hace de noche. Ayer, pese a que sobre el campo estaban Xabi, Modric, Kaká, Di María, Cristiano y Benzema, la mayoría del juego del Madrid fueron balones largos, muchas veces de los centrales. Como anécdota, un dato: los últimos cinco ataques del equipo fueron cinco centros de Coentrao sin ton ni son, con hasta media docena de futbolistas en la frontal del área esperando, de espaldas a portería, esa pelota. 

El otro aspecto que tiene pensativos a los jugadores son los árbitros. Ni de lejos están tan sensibilizados con el tema como su entrenador, pero en las palabras de Iker tras la derrota contra el Betis se intuye algo. «El árbitro no ha estado acertado en algunas jugadas. ¿Es una excusa? Puede serlo. El mister tiene que sentirse más arropado, a veces los jugadores nos callamos y en el terreno de juego somos los que tenemos que demostrar nuestro enfado». Se intuye, como filtran desde el club, que los jugadores también empiezan a estar un poco hartos de esas decisiones erróneas. «Si Iker dice eso, es que lo que piensan es mucho peor», insisten, al tiempo que advierten que la única voz alzada en mitad de ese silencio dijo: «¡La vida es combate, señores!». El primer asalto es el sábado ante el Atlético de Madrid.
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Emery destituido


Seis meses han sido suficientes para catalogar como decepcionante su aventura en Rusia. El pasado junio, tras salir del Valencia, fue fichado por el Spartak Moscú como técnico para llevar al club moscovita a lo más alto de la liga y a lo más lejos de la Champions, pero ambos objetivos se han inclumpido. La derrota de ayer frente al Dinamo Moscú (1-5), unida a la del martes en la Liga de Campeones frente al Barcelona, desencadenó su despido. Su legado es pobre: sexto en la Liga y fuera de los octavos de final de la Champions. Una lástima para usted y para Valeri Karpin, director deportivo, que fue quien le recomendó.
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Casillas culpa al árbitro



En Manchester, el vestuario del Madrid ya pareció variar sus diatribas ante la prensa. Antes, en el arranque de temporada, escasas habían sido las alusiones de los jugadores blancos a malos arbitrajes, menos aún las intromisiones en las batallas que Jose Mourinho ha ido manteniendo semana tras semana. En tierras inglesas, las críticas a los errores del colegiado Gianluca Rocchi, parecían, por manifiestos, una excepción. La zona mixta del Benito Villamarín apuntó más bien a una regla de ahora en adelante. 

«El míster tiene que sentirse un poco más arropado. A veces los jugadores nos callamos y en el terreno de juego somos los que tenemos que mostrar nuestro enfado a este tipo de jugadas», comentaba Iker Casillas, el capitán, haciendo referencia, como su técnico minutos antes, a dos momentos concretos del partido: «Un fuera de juego de Benzema que no es, una mano en el último intento que no pita... El árbitro no ha estado acertado». El meta, eso sí, fue el único jugador que apareció. El resto se negó a pararse antes de entrar a los vestuarios y posteriormente no se colocó ante los micrófonos. Caras largas, tristeza y la prisa para llegar al aeropuerto -que cerraba a la una- en una noche de tuits caídos. «Hoy hemos dado dos pasos atrás de cara a recortar puntos con el Barça y el Atlético. Entiendo que el madridista pueda estar decepcionado. Hay que dar la cara, estar más unidos que nunca y pensar en el siguiente partido», dijo Casillas antes de marcharse raudo. 

En la zona de palco, también aparecían brazos dispuestos a arropar lo dicho por el técnico. Entre el distanciamiento de Mourinho con el presidente de la entidad, Florentino Pérez, el director deportivo, Miguel Pardeza, no quiso esta vez descuidar al luso y también apuntó a Gil Manzano: «Ha sido un partido muy exigente, evidentemente nos han sometido a un trabajo inmenso y no encontramos la suerte necesaria. Por si fuera poco ha habido un gol legal de Benzema que podría haber cambiado el signo del partido». «También ha habido alguna mano, circunstancias que no nos han ayudado. Además hemos hecho un esfuerzo tremendo después de haber jugado un partido el pasado miércoles», manifestó el dirigente blanco, recordando también la desventaja con el Barcelona en el calendario, antes de rechazar rotundamente haber cedido la Liga ya al eterno rival.
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Mourinho vuelve a decir que el club no lo apoya



Probablemente sólo él y cuatro o cinco personas más en el Real Madrid sepan lo que le pasa de verdad. Pero cada día es más evidente que Mourinho no está cómodo. El técnico, además, no hace nada por esconderlo. Estuvo todo el partido de pie, con la cara más seria de todas las caras serias que se puedan dibujar, y cuando Gil Manzano pitó el final de la sesión caminó decidido hasta Pepe Mel para abrazarlo, saludó casi uno por uno a los jugadores del Betis y se metió en los vestuarios aplaudiendo al público en un gesto que admite muchas interpretaciones. 

«Saludé a la afición porque es fantástica y porque después de una semana difícil para ellos han sabido ser afición, han sabido ayudar a su equipo a ganar», explicó en su primera respuesta de una rueda de prensa breve, seis preguntas, pero larga, seis respuestas sin desperdicio. Por ejemplo, la primera para el árbitro, dentro de esa alocución inicial: «He felicitado a los jugadores del Betis porque lucharon del primer al último minuto y porque no tienen culpa de haberse beneficiado de dos errores arbitrales, un gol mal anulado a Benzema y un penalti en los últimos minutos», afirmó, refiriéndose a la evidente mano de Nosa pocos segundos antes de la conclusión. 

Mourinho lleva tiempo reclamándole al club un portavoz. Pero no un portavoz como Pardeza o como Butragueño, que siguen la línea oficial del club, ésa que marca Florentino y donde no se dice una palabra más alta que otra, ni siquiera con arbitrajes tan escandalosos como el sufrido por el italiano Rocchi en Manchester ante el City. «Cuando mi equipo pierde yo intento no buscar excusas en otras cosas. Es obvio que quien juega el miércoles no debería jugar el sábado. Es obvio que otros equipos tienen un control de la situación que nosotros no tenemos. Hay quien controla los calendarios pero como siempre, hablo yo. Como siempre el malo de la película soy yo», dijo en algo que sonó, y mucho, a cansancio, a queja amarga por la línea del club. 

Mourinho sabe que esa batalla la tiene perdida. Florentino Pérez no tiene la más mínima intención, a día de hoy, de concederle a ese portavoz cuya misión, básicamente, sería quejarse de las injusticias que el portugués considere oportunas. Lo repitió hasta tres veces más: «Aquí sólo hablo yo y el malo soy yo». 

El cansancio fue otro tema central de las explicaciones de Mourinho, que no entró a valorar ninguna cuestión puramente futbolística. En la rueda de prensa de Karanka del viernes ya se pudo intuir el malestar de Mou por jugar miércoles y sábado, pues la segunda pregunta a Karanka, realizada por uno de los medios oficiales del club, iba por ese camino. Ayer el técnico insistió: «Cuando tienes cansancio y fatiga, tienes que sacar otras cualidades como la ambición y el espíritu de sacrificio. Cuando ves a Stepanek, con 34 años, jugar tres partidos seguidos en Copa Davis, no me digas que tíos de 23, 24, 25 años no pueden jugar miércoles y sábado», antes de cerrar: «No debemos ser ni demasiado optimistas ni demasiado pesimistas de cara a pelear por el título de Liga».
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El Madrid no tiene excusa



Ni siquiera fue víctima de una noche inspirada del Betis, de un lujo de arte y ensayo. Ni se rindió ante un adversario heroico. Ni cupo la grosera opción de reclamar un robo arbitral. No tuvo excusa el Madrid para explicar su claudicación en el Villamarín, no hubo explicación a la manera como tiró la Liga. En lo que se presumía como un ejercicio de necrofilia blanca, frente a este Betis al que el derbi dejó cadáver, quien salió medio muerto fue el Madrid. Y de una manera insoportablemente vulgar, como si no le fuera gran cosa en el envite. Le iba la Liga. Hoy el Barça les puede mandar a 11 puntos. Adiós. 


La derrota, y más la forma de la derrota, abre un abismo en el Madrid, donde ya se venía barruntando el divorcio entre el presidente y el entrenador. Es difícil soportar este fútbol sin resultados. La victoria relaja al Betis, posterga su dolor a la intimidad y le vuelve a ampliar la mirada. El equipo sigue en zona europea. 
El partido respondía a una decisión unilateral del Madrid. Machacado emocionalmente, crujido por las bajas, el Betis le tendió la alfombra buscando que le tomaran el trapo. Lo hizo pertinentemente el Madrid, que visualizó una jornada apacible y boreal en la necrópolis del Villamarín. Más al descubrir las espantosas debilidades del equipo verde, especialmente flagrantes en una banda diestra donde Agra y Ángel penaron como cristos cargados con la talla de Cristiano. Invitó la noche a un festín para el Madrid comandado por su gran estrella, que pasaba por un horrible noviembre donde apenas logró cargar un gol en cinco partidos. Pero ni siquiera alguna cabalgada arrebatadora de Ronaldo, que multiplicaba como panes y peces los metros para rendir a Ángel, animó a los azules a aceptar la bacanal. 


Al descanso, el bucólico escenario al que entraron los de Mourinho se había convertido en un territorio del diablo donde se les iba la Liga. Al descanso, ese Betis mortificado para los tiempos por la herejía del derbi era aclamado por una hinchada colosal y enfervorecida. ¿De verdad no servía de nada ganarle al Madrid? Se le ganaba con todas las de la ley, sacándole las vergüenzas que, asombrosamente, aún le surgen cuando el rival le invita a que tome el balón y le muestre lo que sabe hacer. 
Fue eso lo único que exigió el Betis, obsesionado con evitar los contragolpes de los que el Madrid ha hecho un arte. Increíblemente, con eso le bastó. El Madrid se fue con una única combinación coral en su haber, de la que salió su ocasión más clara. El tiro a placer de Di María lo desvió milagrosamente la pierna de Álex. Poco más hizo el Madrid, incapaz de cobrar por el petróleo que brotaba en cada arrancada de Cristiano. El árbitro le quitó bien un gol a Benzema por fuera de juego. 


Ni siquiera el 1-0 despabiló al Madrid. Llegó un saque de banda a Beñat, que burló a Khedira y clavó el tiro pegado al palo de Casillas. Imparable. Una acción que delata a un futbolista excepcional, de cuya envergadura da idea que, incluso en sus tardes menos inspiradas, se haya alzado como un jugador determinante. No fue el partido más preciso de Beñat, pero su chispazo puso a arder al Madrid como una tea. 

En la banda se le comían los demonios a Mourinho, que no se cortó. Entraron Kaká y Modric. El partido señaló, y muy hondamente, a Özil. Pero si alguna decisión delató el estado de desesperación del técnico fue la de prescindir de su jugador fetiche, Khedira. La situación era grave. Pronto pasó a crítica. 
A la hora, completó los tres cambios Mourinho en un Madrid a la tremenda. Se exigió un héroe. Pudo serlo Cristiano. Fue Adrián, un portero al que muchos esta semana exigían la crucifixión. Mel no tuvo dudas, y el chaval le respondió como un coloso. Brutal fue la intervención a una falta de Ronaldo y angelical la que le paró con la cara, a bocajarro, a Benzema. Quién lo iba a decir. El día del escarnio bético, quedó fúnebre el Madrid.
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Alonso remonta 21 posiciones



Fernando Alonso se ha acostumbrado a vivir al límite en los últimos tiempos. Sin un coche dominante desde que llegó a Ferrari en 2010, sus domingos, casi siempre, se convierten en pruebas de resistencia en las que está obligado a alternar la fiereza con el talento y la experiencia. Trucos de veterano aliñados por una rabia que no cesa bajo el mono, la que le empuja, contra todas las circunstancias, a pelear por el título aunque la lógica mecánica de la Fórmula 1 susurra que debería estar eliminado de la batalla hace semanas. Se revuelve, se resiste, porque cada año que pasa es una oportunidad perdida para volver a ser campeón del mundo, el objetivo que persigue desde 2006. Aquel día gritó con el pelo revuelto y la cara desencajada que era, de nuevo, el mejor piloto de la tierra. Y en ese mismo podio se visualiza el próximo domingo saltando de alegría en rojo Ferrari. 

Para llegar con respiración a la final que cerrará el Mundial, Alonso ha tenido que equilibrar los domingos los problemas que sufre su Ferrari los sábados. En las últimas siete carreras, ha remontado 21 posiciones en la pista. Y sólo así, a golpe de riñón sobre un monoplaza sin evoluciones válidas desde el pasado verano, ha conseguido llevar abierto el campeonato hasta la última cita del calendario. Ayer tarde, en Austin, mientras su equipo recogía a toda prisa para poner rumbo hacia Sao Paulo, él tomaba aire, recibía invitaciones para fiestas en la ciudad y reflexionaba en su cuenta de Twitter: «Estamos en ese hilo que separa ganar o perder, lo bueno y lo mágico, el soñar o vivir. Es una línea delgada y nos hemos acostumbrado a ella..», decía, agarrado otra vez a la corazonada que le mueve estos días. 

Se ve campeón en Brasil y ve a Vettel arruinado en la cuneta. «Vamos a pensar que todavía es posible. Ganaremos, perderemos, pero no nos vamos a rendir hasta la bandera a cuadros», aseguró el asturiano, que ayer contagiaba optimismo a cualquiera que le escuchara. «Ha sido otro día muy bueno para nosotros, en el que hemos intentado salvar los muebles después de un fin de semana difícil, ya que no fuimos rápidos ni el viernes, ni el sábado, ni luego en la calificación», recordó el piloto. «Perder tres puntos es algo que ayer por la noche o el viernes nadie pensaba», comentó. 


Curiosamente, aunque Vettel aumentó en tres puntos su distancia y le basta con ser cuarto en Interlagos para volver a llevarse el Mundial, tras la carrera parecía más molesto que Alonso. Le dolió dejar escapar la bola de partido y ver cómo su compañero, Webber, tenía problemas mecánicos, una amenaza que ahora más que nunca le va a acechar. «No es una buena noticia haber tenido una avería en el alternador... Tenemos lecciones que aprender», dijo con preocupación sobre una pieza que ya le dejó fuera de combate en Valencia y en Monza. Así y todo, Seb sacó pecho y recordó algo indiscutible: «Estamos en la mejor posición posible para ser campeones».
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